martes, 24 de diciembre de 2013

El guiri, el fuego y el hielo

Su vuelo aterrizó puntual en el Pablo Picasso. Con unos 20º de invierno boquerón lo primero que hizo Peter fue rebuscar en la maleta y ponerse las chanclas. Desde que decidió pasar unos días en el sur de España esa era su principal ilusión. Liverpool  no era precisamente Torre del Mar y al chaval siempre le gustó llevar los pies descubiertos. Cosas de la edad y de las gentes del norte.

Peter y una amiga.


Eran unos veinticinco con el mismo porte y, al entrar en el hotel, la recepcionista se santiguó. Les habían colocado en las habitaciones que daban a un secarral para evitar que por la noche practicasen el vuelo sin motor hacia la piscina, sabía que serían cinco días complicados. Lo llevaban escrito en sus caras y mochilas.
Playa, Sierra Nevada, una noche en Granada, Alhambra y un par de días más de playa regado principalmente de abundante cerveza era el plan. Escapar del invierno de Britania tenía que rentabilizarse con horas de sol y litros de cerveza barata.

Eufóricos por una primera noche de borrachera subieron a eso de las ocho de la mañana con una muda y abrigo camino de Sierra Nevada. Peter con sus chanclas. El conductor y la recepcionista se miraron, esta especie no tiene remedio comentaron con gestos que sólo ellos entendieron. Mientras subían las Pedrizas un monitor les intentaba explicar que no era opcional el uso de protector solar, sus pieles lechosas se abrasarían con toda seguridad si lo dejaban de adorno. Algunos escucharon, Peter no.

Peter y unos amigos tomando el sol en Borreguiles.


Pradollano les recibió con uno de esos días de invierno mentiroso granadino. Entre 10º y 15º pero una sensación de poder ir bañador salvo que una nueve tuviese a bien darse un garbeo por delante del Sol. Con sus  equipos de skís alquilados no pasaron de la zona de principiantes, tenía menos estilo en el deporte de la nieve que para el calzado. Unos cuantos, entre ellos el amigo Peter, tras unos cuantos porrazos, decidieron que ya estaba bien y optaron por la técnica del lagarto y la cerveza. El tiempo de zamparse tres tercios de cerveza  y un bocadillo es lo que estuvo en chanclas, pantalones cortos, camiseta y sin crema protectora. Entre lamentos y crujidos de la piel sus compañeros dudaron si socorrele o darle la vuelta para que se acabase de hacer.  Optaron por lo primero, la amistadad está para algo, y lo portearon como un desecho de producción hasta el puesto de socorro. De donde le cogían crujía como papel de estraza. Daba pena verle, no podía ni vocalizar.

Muy a su pesar Peter comprobó que el puesto de socorro de Borreguiles no era el primer lechoso abrasado que atendía y sintió un alivio rápido en cuanto lo trataron. Camino del hotel en Granada tenía pocas ganas de jarana y se acurrucó como un perro apaleado en un asiento del microbús mientras los otros zánganos explicaban sus batallas en las nieves y contabilizaban la cerveza devorada.

En el hotel de la calle Recogidas,  un colega no tan abrasado y él, se aplicaron mutuamente el ungüento milagroso y pareció revivir. Seguía con fuego interno pero ya podía caminar así que se animó a salir. Fiel a sus chanclas, calzones cortos y la sudadera menos áspera que encontró en la maleta bajo a la recepción. Por más que le avisaron de lo cambiante del clima granadino su fuego interior y los 20º con los que entró en el hotel hizo que se negase a subir a por ropa adecuada.

En cuanto puso el pie en la calle comprendió que algo no iba bien. Creyó estar en otra ciudad. Con el sol a buen recaudo hasta el día siguiente de Puerta Real bajaba una brisa heladora que le dejó más tieso que las quemaduras de tercer grado. Sólo veía plumones, bufandas y botas hasta las rodillas. Al embocar calle Reyes, Darro abajo era la mismísima Siberia lo que bajaba y en cualquier momento esperaba ver un apartida de cosacos a caballo. Dio media vuelta, regresó al hotel  y se negó a salir. Entró en calor en cuanto  liquidó el mini bar. No era su día.

Con algo de resaca pero con el ánimo recobrado decidió que esta vez no se equivocaría. Camiseta térmica, calcetines de lana, forro polar, orejeras, gorro y el pijama bajo los pantalones sería suficiente para no pasar frío entre palacio Nazarí y palacio Nazarí. El guía le prometió al llegar a las taquillas de la Alhambra que eso de subir Paseo de los Tristes y la cuesta de los Chinos no lo había hecho con mala idea. En los mismos baños se quitó los pantalones del pijama y la camiseta térmica chorreando de sudor. El resto del día con 22º y un sol radiante parecía un porteador del Himalaya con esa mochila repleta de ropa.  

La cuesta de los chinos

Con la piel abrasada y un catarro de manual llegó derrotado al hotel malagueño junto a un Mediterráneo sereno. Peter no salió de la habitación el resto de los días hasta que le garantizaron, por escrito, que era el microbús que le llevaba de regreso al Pablo Picasso y su Liverpool brumoso. No quería saber nada más de ese invierno mentiroso mitad fuego mitad hielo.

Publicado Ideal el 24 de diciembre de 2014 dendro de #RelatosDeInvierno


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